Tocar otra música

Daygoro Serón | 30.04.2019

Tocar otra música

Muchas veces se habla de lo muy recurrente que son algunos compositores u obras y del poco espacio que hay en las programaciones de salas de concierto para trabajos de compositores menos conocidos o, en nuestro caso, de compositores chilenos. Me ha tocado leer el punto de vista de investigadores y de personas relacionadas con la programación artística, así como de los compositores, pero pocas veces me he encontrado con la opinión de intérpretes. Es por eso que en esta columna pretendo exponer mi posición y situación como violonchelista que vive en el extranjero, en la autogestión de un repertorio propio para proyectos de envergadura acotada. Esto significa que no me referiré a mi experiencia en trabajo orquestal o como gestor de proyectos donde yo no soy parte como intérprete. También quiero dejar claro que entiendo que las posiciones pueden ser muy distintas para otro actores del medio, como las orquestas donde hay que considerar la compra o el arriendo de partituras, que puede traer costos altos asociados, lo cual no es el caso cuando son obras de instrumento solo o de formaciones pequeñas de cámara. Tampoco me referiré al factor del pago de derechos de autor, que surge al interpretar música de compositores más recientes, ya que en principio son los organizadores y responsables de los espacios donde se dan los conciertos lo que deben enfrentarse más directamente a este tema.

Salir de los compositores y las obras más frecuentadas para mí como intérprete tiene distintas dificultades que se presentan en varios niveles. Si además de eso, intento optar al trabajo de compositores chilenos, algunas de estas barreras se elevan aún más y surgen otros nuevos desafíos.

Si las partituras solo llegan a los intérpretes a través de los compositores, es difícil que esa música se toque más.

Para ponerlo en ejemplos más concretos, comenzaré con repertorio para violonchelo solo, que es un concepto que me interesa mucho. Elaboré un programa hace un par de años y ahora estoy interesado en hacer lo mismo con obras de compositores chilenos. Es un formato con mucha literatura escrita y en el cual tengo mucha libertad para elegir y pocos factores externos que considerar (ya sumando un segundo instrumento no tendría la misma libertad para escoger).

Publicación de la partitura: ésta es para mí la primera dificultad para salir de las obras más frecuentadas. Si yo me propongo tocar las suites de Bach para violonchelo solo, por ejemplo, puedo ir a la tienda de partituras más cercana, revisar y comprar una de las decenas de ediciones que hay de esta obra cúlmine del repertorio para violonchelo solo. Ediciones críticas, ediciones Urtext (edición que aspira a ser lo más fiel a la versión original), ediciones de otros intérpretes, copias de los manuscritos, etc.

Si quiero salir del s XVIII o XIX aún tengo varias opciones de composiciones que fácilmente puedo encontrar la partitura, revisar si me interesa, si se ajusta a lo que busco y a lo que puedo hacer como violonchelista (ya sea por dificultad o por lenguaje). Con un fácil acceso a partituras, puedo recurrir a tocar obras de Ligeti, Kodály, Hindemith o Britten que si bien no están en la lista de compositores más tocados en salas de concierto, siguen estando en una posición destacada si los ponemos a la par de sus contemporáneos. De sus obras difícilmente encontraré más de una única edición, generalmente a un precio un poco mayor, pero aún así suelen estar disponibles sin mucha dificultad.

Si quiero interpretar música de compositores vivos ya se complica más. Muchas de las obras no están publicadas, algunas que lo están no se encuentran en stock y hay que encargarlas, lo que puede demorar semanas o meses, o derechamente hay que contactar al compositor. Es más trabajo, pero alguien podría decir que no es nada inabordable y, efectivamente, no lo es, pero sí puedo decir que me ha resultado mucho más complejo de lo que yo mismo podría imaginar. Si la música está publicada y en la tienda, aunque yo no la conozca puedo ir a hojearla y decidir si me interesa probarla. No ha sido raro encontrarme obras en la tienda que no conocía e interesarme por ellas y compraras, lo cual siempre fue más difícil en Chile, donde en los años que yo estudiaba allá, para encontrar una obra nueva dependía principalmente de que alguien me prestara una partitura para fotocopiarla o tenía que intentar conseguirla por internet. En ambos casos infringiendo normas de derecho de autor sin siquiera ser consciente de aquello.

Cuando son obras menos conocidas, es usual no encontrar la copia en la tienda, para lo cual se puede encargar directamente. Si es una obra no publicada, queda la opción de contactar al compositor. Algo que no siempre resulta. Si es un compositor chilenos hay más nexos para contactarlo, pero internacionalmente, sobre todo si es alguien con una carrera importante, la probabilidad de éxito disminuye. Superado ese escollo me ha tocado enfrentarme a la incomodidad de recibir una obra y encontrarme con que realmente no voy a tocarla, porque es mucho trabajo, porque no me parece una obra interesante, porque no se ajusta a lo que busco en el programa o derechamente porque no me gustó. Explicarle a un compositor que no quiero tocar su obra porque no me gusta o porque me parece innecesariamente difícil me pone en una posición muy incómoda. No tocar dicha pieza y no decir nada no me sienta mucho mejor, también resta mi interés de solicitar una pieza futura o el interés del compositor de compartir su trabajo sin saber cuál será el resultado final. Es por eso que si tengo que elegir entre tocar una composición de Helmut Lachenmann que está publicada y que puedo encontrar en la tienda de partituras, frente a una obra de otro compositor vivo que no la ha publicado (chileno o no), en la mayoría de los casos voy a escoger la primera.

Grabaciones: Tal como la publicación de las partituras, una grabación puede ser de ayuda al momento de escoger una obra, aunque generalmente a la referencia en audio es necesario sumar una revisión a la partitura. Siguiendo con el ejemplo anterior, la lista de grabaciones de las suites de Bach es interminable y fácilmente accesibles. En el caso de Ligeti, Kodály, Hindemith o Britten, si bien no son tantos los registros disponibles, sigue habiendo un acceso muy simple. Nuevamente, con compositores vivos es más difícil, pero sigue siendo muy posible encontrar versiones de obras de autores como Lachenmann. Por suerte, al día de hoy, hay cada vez más opción de encontrar alguna versión en audio de obras que aún no han sido publicadas en partitura (muchas veces grabaciones en vivo, generalmente del estreno, en una calidad aceptable en medios como YouTube o SounCloud). Gracias a los nuevos medios, en este caso hace poca diferencia el país en el que uno se encuentre.

Calidad de una obra: Este es sin duda el punto más polémico, ya que hay espacio a mucha subjetividad, pero creo que es demasiado relevante como para evitarlo. Voy a remitirme al ejemplo propuesto de música para violonchelo solo, pero pienso que podría aplicar de manera más general. Yo creo que una buena parte de la recurrencia de una obra o de un compositor tiene que ver con la calidad de su trabajo, lo cual no quiere decir que no haya composiciones excelentes por (re)descubrir u obras que puedan no estar a la altura de los grandes maestros y aún así valga totalmente la pena interpretarlas, programarlas o escucharlas. Para mi en el tiempo se produce una especie de "selección natural" que está muy relacionada a quienes hacemos música. Finalmente, en el largo plazo, hay trabajos que sobresalen en la búsqueda de distintos intérpretes y públicos, que hacen que esa obra se repita en el interés de quienes las deben tocar, como de quienes se sientan a escuchar.

Gusto general: Es un punto que puede dejar de lado uno como intérpretes, pero que muchas veces es un factor a considerar. Puede ser algo que se presente junto o separado de la calidad. Difícil sería pensar que Boléro es la composición de mayor calidad de Ravel, pero sigue siendo por lejos su trabajo que genera mayor interés, mayor gusto en el público. Hay otros muchos casos donde van muy de la mano ambos factores, como sería las suites de Bach (para mantenerme en mis ejemplos iniciales). Si alguien a quien acabo de conocer se entera de que soy violonchelista, son las suites de Bach la obra que más se me menciona como referencia, como una composición que a la gente le gusta mucho. La última vez que eso me sucedió fue hoy al almuerzo con el mesero que me atendió.

Dificultad: Ya para cerrar esta lista de factores principales que creo enfrenta un intérprete, tengo que mencionar la dificultad de una obra, que es un aspecto independiente de los anteriores y que obviamente puede ser muy determinante. En el caso de obras para instrumento solo, son la capacidad del músico y el tiempo disponible de ensayo o preparación lo que se pone frente a la dificultad para saber si es posible abordar una composición.

Si esto fuera una tabla Excel claramente terminaría tocando siempre el preludio en sol mayor de la primera suite de Bach. Por suerte la música no funciona así y siempre hay la posibilidad de abrirse a nuevas opciones, pero es importante entender que antes de llegar a la sala de concierto y al público, quien elige un repertorio se encuentra con interrogantes mucho más complejas que sólo las ganas de tocar una obra. En ese sentido también es de un gran valor el trabajo de aquellos intérpretes que comisionan y estrenan obras, ya que van abriendo paso a nueva música y a nuevas opciones. Sin embargo, esa es una labor que requiere de ciertas aptitudes e intereses que no son para cualquiera.

A nivel nacional creo que el acceso va mejorando, como ya decía hay cada vez más grabaciones fácilmente accesibles, lo que nos presenta la posibilidad de conocer nueva música que nos podría interesar. En el tema de publicaciones, creo que aún falta mucho. Hay iniciativas incipientes como Editorial Nacional, que apuntan en la dirección correcta, pero aún es insuficiente. Si nos remitimos a la música de compositores chilenos, la gran mayoría no se encuentra publicada y si la forma de que esas partituras lleguen a los intérpretes es únicamente desde las manos de los compositores, difícilmente lograremos que esa música se toque y se escuche más.

Este año me tocó elaborar junto a un colega un programa con música para violonchelo y contrabajo en un proyecto que estamos desarrollando actualmente. Nos tocó enfrentarnos a muchas de estas dificultades ya expuestas. Para esa formación la obra más recurrida es un dúo de Rossini que efectivamente cumple con todo lo que ya se expuso: Hay muy buenas ediciones de partituras, con investigación a partir de toda la información disponible al día de hoy, hay buenas grabaciones, es una obra de calidad que da gusto tocar y que es fácil de apreciar para el público, con una dificultad apropiada para poder entregar un buen trabajo sin que eso resulte extremadamente demandante. Por otra parte, cuando quisimos incluir piezas de compositores del siglo XX (nuestra idea era hacer medio programa con obras de ese siglo) se nos puso todo más difícil. De haber estado en Chile, tal vez lo tendríamos que haber descartado. Lo primero fue rastrear todas las grabaciones posibles, ya que hay muchas composiciones que no conocemos, luego elegir las que nos interesaban y por último intentar comprar las partituras. Explicaré brevemente lo que sucedió con 5 de las obras que quisimos incluir en el repertorio, para cerrar este texto con una experiencia concreta que de cuenta de lo que puede suceder en estos casos. El comienzo es sencillo: 6 Bagatelas de Harald Genzmer, compositor alemán. Encontramos buenas versiones en YouTube y Spotify, luego encargamos la partitura que estaba publicada por Ediciones Peters, una casa editorial grande y de tradición, por lo que comprarla no fue ningún problema, nos llegó en un par de días. No fue así con Dúo Fantasía del compositor norteamericano Frederick Bretschger. Encontramos una buena grabación y el ejemplo en PDF de la primera página, pero comprarla se hizo imposible. Sólo está publicada físicamente en Estados Unidos, se puede pagar únicamente con tarjeta de crédito y no tienen un sistema de envío internacional. Por ahora, queda descartada.

Bicinium Bassabile del compositor austríaco Balduin Sulzer nos interesó mucho, gracias a una buena grabación en disco que encontramos por ahí. Lamentablemente la partitura no está publicada y si bien en la página del compositor hay una opción para contactar en caso de buscar una partitura, no hemos tenido éxito. Yo imaginaba que a sus 87 años no sería fácil tener una respuesta (debemos haberlo contactado hace unos dos meses), pero escribiendo esta columna me termino de enterar que falleció hace menos de tres semanas, este pasado 10 de abril.

La cuarta y quinta obra son del compositor checo Zdeněk Lukáš, Rondo y Duo di Basso, ambas con excelentes grabaciones en disco y YouTube. La primera no se encuentra publicada y no parece haber alguna forma de conseguir la partitura, la segunda si está publicada y ya la hemos encargado en dos tiendas de partitura distintas, una en Austria y otra en Alemania. En la primera después de dos semanas esperando y un par de contactos por teléfono, nos lograron explicar que demoraría al menos 3 meses en llegar, pero que no tenían total certeza. En la tienda alemana prometían tres días de despacho, de eso ya ha pasado un mes y aún no tenemos noticias de la partitura.

Daygoro Serón es un violonchelista chileno, residente en Salzburgo, Austria, donde realizó sus estudios de violoncello (Bachelor of Arts) en la Universidad Mozarteum, bajo la tutela de Giovanni Gnocchi. Se desempeña como violonchelista en la orquesta Philharmonie Salzburg, como violoncellista y arreglador en Patagonien Quartett, como profesor de violoncello en Triola Musikinstitut Grafing, como vicepresidente de la SIMUC y como arreglador musical especializado en la música popular para instrumentos de cuerda, recibiendo encargos de distintas personas y agrupaciones.